Fechas
28 Mar, 2026 - 2 Ago, 2026
Toda la producción de Marcela Cabutti está atravesada por el deseo de señalar que existen conversaciones antiquísimas, a veces olvidadas, entre seres humanos, no humanos, Naturaleza y cosmos. Investigadora tenaz de los materiales y susposibilidades, fluida y dúctil en su oficio deescultora, incorporó hace ya largo tiempo en su repertorio los elementos más sutiles ligados a lavida, al aire y a la tierra.
En el hacer incesante que signa su trabajo, esta exposición representa una revelación, un enamoramiento de larga data que de pronto se cristaliza: el viento toma la escena y, para sorpresa de la propia artista, desde su pura invisibilidad traza las conexiones que ya estaban ahí pidiendo ser vistas. Varios proyectos simultáneos se funden en uno y renacen hilos de obras anteriores que asumen otras formas bajo una nueva luz que las acomoda.
El viento no aparece aquí como motivo ni como metáfora. Simplemente acude, mostrando que esfuerza que desgasta pero también construye. Viene como hacedor de las transformaciones lentas que Cabutti persigue con fascinación cuando explora el movimiento del sonido y de las piedras, el surgir de las dunas, los viajes de esporas, semillas y frutos, el paso de las nubes que traen lluvia. La artista lo mira hacer y deshacer. Lo convoca.
Entre los libros y papeles revisados con fruición, encuentra un tesoro. En la biblioteca del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, se topa con un librito de 1899 del historiador Adán Quiroga, dedicado al mito de la diosa andina Huayrapuca, madre de los vientos, temida y venerada por los primeros pobladores calchaquíes. Una tras otra, brotan las historias que eran contadas para organizar un mundo regido por la necesidad imperiosa del triunfo de la cosecha. Toda la noche silbando, silbando andas decían las viejas voces quichuas. En las batallas de El Nublado y La Viento y en los amores de Huayrapuca y Pachamama se gestaba la fecundidad de la primavera quedaba fin a las nieves y anunciaba la época de las siembras.
Dicen esos cantos que cuando el viento no está soplando está en su casa, en su cueva. Allí esconde sus rasgos monstruosos, su cola de serpiente y esa ambivalencia ineludible que grita fertilidad y devastación. La casa del viento revisita leyendas y seres mágicos, oráculos, personas, animales y plantas que fueron apareciendo mientras Cabutti iba tras los rastros de Gondwana, la masa primordial del sur que, al resquebrajarse en el Jurásico, dispersó sus tierras en los continentes que hoy habitamos.
Materia y pensamiento se trenzan y devienen obra. Sobre cuatro columnas, la artista despliega una danza de relatos circulares evocando experiencias que le sucedieron en rincones tan remotos como Catamarca, Balcarce, Mar del Plata, Punta Ballena, Santa Teresa, José Ignacio, Namibia y Sudáfrica. A ras del muro dibuja figuras con lanitas catavientos, y arma el rompecabezas de esos suelos áridos que aprendió a querer y que tienen su eco también en el paisaje de la realidad inmersiva. Al fondo, traza una luna de gotas de aire, tiempo suspendido. La mujer monumental preside la sala, majestuosa, elevada hacia esas cumbres donde se siente más fuerte el viento. De lo que ella perciba en las alturas también está hecha esta casa.
Cómo recibir y convidar los secretos de la welwitschia mirabilis, la planta inmortal del desierto africano que retiene en sus hojas la humedad del rocío y de la niebla. Qué conocimientos, qué otras inteligencias reflejan los animales en el brillo de sus ojos. Cuántas piedras erosionadas, se pregunta Cabutti, hay en una playa, y cuántos granos de arena forman cada piedra. ¿Y si la piedra fuera viento quieto? Estamos a tiempo de escuchar cosas grabadas desde siempre en nuestros cuerpos.
Eva Grinstein
Curadora